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Cancha de Everton Desaparecido

Rambla José Cardoso esq Juan María Gutiérrez

Detalles

La cancha estaba ubicada en la actual esquina de la Rambla José Cardoso y Juan María Gutiérrez.

El escenario no tenía denominación oficial.


La cancha tiene una muy buena anécdota :

Barro, piedras y el arroyo Miguelete: la odisea de jugar al fútbol en el Capurro de 1928

Hay documentos que guardan la verdadera esencia del fútbol de potrero, aquel que se construyó a pulmón, con más voluntad que infraestructura. Una carta fechada el 6 de diciembre de 1928 y conservada en los archivos del Museo del Fútbol es el testimonio perfecto de una época donde salir a la cancha era, literalmente, una misión de supervivencia. Aquel día, la directiva del Club Atlético Mauá, que militaba en la Cuarta división, elevó una queja formal tras disputar un encuentro amistoso frente a Sportivo Everton. Lo que debía ser una tarde de fútbol terminó siendo una crónica de la ingeniería improvisada y el riesgo físico.

La denuncia de la gente de Mauá no escatimó en detalles gráficos. Según el texto, la cancha de Everton no era un campo de juego, sino un perfecto bañado. El terreno estaba en un estado tan calamitoso que el pie de los futbolistas se sumergía en el fango hasta una profundidad de veinte centímetros. Ante semejante panorama, los propios dirigentes, jugadores y allegados del club locatario tuvieron que transformarse en obreros antes de que rodara la pelota. Para intentar rellenar el humedal, montaron un operativo de emergencia con carretillas cargadas de terrones de tierra, pasto y arena. La maniobra era tan arriesgada que debían avanzar haciendo equilibrio sobre tablones de madera, ya que, si daban un paso en falso, corrían el riesgo de hundirse por completo junto con la herramienta de trabajo. Por si el barro fuera poco, los improvisados cancheros tuvieron que dedicarse a extraer del suelo enormes piedras que sobresalían más de veinte centímetros de la superficie, transformando el césped en una trampa para los tobillos.

Para completar el paisaje hostil, el entorno geográfico no ayudaba. La delegación de Mauá protestó por la cercanía del arroyo Miguelete, que corría a escasos metros de la línea de cal. Esto provocaba que el partido se interrumpiera a cada instante porque la pelota terminaba flotando en el agua. Además, señalaron la nula seguridad de un predio que se encontraba en una especie de fosa, situado a cuatro metros o tal vez más por debajo del nivel de la calle, lo que volvía todo el entorno inestable y peligroso.

A pesar de las severas protestas y de las condiciones casi apocalípticas de aquel rincón de Montevideo, el destino de ese suelo estaba sellado por el fútbol. El terreno, ubicado en el barrio Capurro, exactamente en la intersección de las calles República Francesa y Juan María Gutiérrez, siguió albergando partidos durante décadas. El barro cedió paso al baby fútbol y el predio se convirtió en la casa del club Cadys Real. Fue precisamente sobre esa misma tierra indomable donde, unas tres décadas más tarde, comenzó a forjar su leyenda y a ensayar sus primeras gambetas un niño que cambiaría la historia del fútbol elegante: Enzo Francescoli. Aquel bañado intransitable de 1928 terminó siendo, contra todo pronóstico, la cuna de un Príncipe.

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